Anteriormente me he referido al agudo contraste entre el Año Zodiacal de 25,920 años comunes, que para la tradición hermética correspondería a un ciclo humano de cuatro edades, y la duración de 4'320,000 años que la tradición hindú atribuye por su parte al ciclo de cuatro yugas, cifra que a primera vista pareciera desmesurada y aun arbitraria pues, a diferencia de la primera, no está relacionada con ningún ciclo astronómico conocido. Sin embargo, ya he señalado que la clave residiría en considerar esta última cifra simbólicamente, al menos en lo que se refiere al ciclo propiamente humano —esto es, el de la humanidad más reciente, el Homo Sapiens Sapiens.
Teniendo esto en cuenta, en la presente entrega veré de conciliar ambos puntos de vista y establecer la duración real del ciclo humano así considerado enfocando, para ello, el problema desde un nuevo ángulo: el del llamado Manvantara, o “cambio” de Manu (“Padre de la Humanidad”), ciclo que no obstante ser fundamentalmente septenario y tener una duración que, deducida de los textos, sería de casi 72 maha-yugas —con lo que el problema pareciera agrandarse—, es para los entendidos, exceptuando a los que insisten en tomar estos datos literalmente, idéntico a lo que hemos descrito como un solo maha-yuga.
En efecto, la relación con la duración del ciclo humano es evidente: el término Manvantara significa más precisamente “el paso a una nueva humanidad”, en este caso la nuestra, además de que de la palabra relacionada Manusya, que significa literalmente “humanidad”, se derivan el latín humanitas, el alemán mann, el inglés man, etc., siendo "Man", por su parte, “el Hombre”, el Padre Universal, el Adán de las leyendas escandinavas. Por otro lado, es interesante que en la historia se encuentren variantes de este nombre, Manu, aplicadas a fundadores de culturas diversas, como por ejemplo la egipcia (Menes), la cretense (Minos) e incluso la incaica, cuyo primer monarca, Manco Capac, fue cabeza de un linaje que abarcó catorce reyes —esto es, el mismo número de Manus que aparecen en un Día de Brama. Por lo demás, es importante anotar, conforme lo señala René Guénon, que un Manu no es en absoluto un personaje mítico, legendario o histórico, sino más bien el “Prototipo del Hombre”, y ello para un ciclo cósmico o para un estado de existencia cualquiera, al que da su Ley.
Todo ello arroja luz sobre una de las cuestiones más difíciles de entender en relación con el ciclo de cuatro yugas: me refiero a la aparente contradicción entre la existencia de ciclos humanos múltiples, por un lado, y la de un solo ciclo de humanidad por otro, problema que quedó pendiente de solución en el capítulo anterior. Ahora podemos decir, por lo que se refiere a nuestro planeta al menos, que no cabe hablar de una sucesión de ciclos humanos sino de un gran ciclo humano “general”, el de la humanidad actual, que comprende a todos los demás ciclos humanos de cualquier orden que sean.
Ahora bien, ya que partimos del supuesto de que este ciclo humano “general”, cuya duración buscamos establecer, representa aproximadamente la antigüedad de la presente humanidad terrena, y no la de sus más o menos remotos antepasados, lo más indicado será precisar previamente cuáles son los ciclos astronómicos que pueden influir en él; planteado el problema en estos términos, tales ciclos sólo pueden ser los siguientes:
(I) El ciclo de las glaciaciones, o temporadas de gran frío, que ocurren cada 100,000 años aproximadamente y están separadas por períodos interglaciales de 10,000 años cada uno. Este ciclo, que parece constituir el marco principal dentro del que se ha desarrollado la humanidad actual en la Tierra, es producido por el alargamiento de la órbita de nuestro planeta alrededor del Sol, la cual cambia cada 90,000 a 100,000 años de una forma circular a una más elíptica, y vuelta a empezar. Cuando la órbita es circular, la distribución del calor en la Tierra durante el año es uniforme, y cuando es elíptica la Tierra se aproxima más al Sol y por tanto es más caliente en algunas épocas del año, con las estaciones acentuándose en un hemisferio y moderándose en el otro debido al efecto modulador de los dos ciclos que se mencionan a continuación.
(II) El período de precesión de los equinoccios o Año Zodiacal, cuya duración suele redondearse en 26,000 años pero, como sabemos, ha sido calculada tradicionalmente en 25,920 años. Lo que hace a este ciclo particularmente importante como probable factor desencadenante del fenómeno humano en nuestro planeta es el hecho de que, a la mitad del período de oscilación del eje terrestre, o sea cada 13,000 años aproximadamente, las estaciones se invierten: hace 10,000 años, por ejemplo, cuando la Tierra estaba en su posición más alejada del Sol, en el hemisferio Norte era verano y no invierno, como hoy (y a la inversa).
(III) El ciclo de variación en la inclinación del eje terrestre en el curso de unos 40,000 años, desde un mínimo de 21.5 grados hasta un máximo de 24.5 grados, variación que obviamente acentúa o modera el efecto general del período precesional; actualmente el ángulo de la inclinación es de 23.4 grados y está disminuyendo, con lo que se atenúa la diferencia entre el verano y el invierno.
Actuando en forma coordinada, estos tres grandes ciclos orbitales, llamados “ciclos de Milankovitch” en honor al astrónomo yugoslavo que estudió su mecanismo por primera vez, someten a la Tierra a una compleja pauta astronómica que ha producido las fluctuaciones glaciales a través de las edades; si bien de los tres, es el período de precesión de los equinoccios el que, al potenciar el efecto combinado de los otros dos, parece haber desempeñado el papel principal en el desarrollo de la actual humanidad terrena. Así, algunos científicos calculan que hace unos 40,000 años, cuando el hemisferio meridional era el más cercano al Sol, y mientras en el Norte gravitaban los hielos, en diversos puntos, probablemente en Asia central, surgieron tribus unidas por la necesidad de hacer frente a las duras condiciones geofísicas imperantes; y que trece mil años más tarde, cuando los hemisferios boreal y austral intercambiaron sus posiciones respectivas frente al Sol, algunas tribus aparecieron también en el hemisferio austral.
Por otra parte, hace aproximadamente 18,000 años la Tierra comenzó a salir del último período glacial respondiendo a una combinación de los tres factores orbitales, aunque el período propiamente interglacial no comenzó hasta hace unos 10,000 años. Ahora bien, todo parece indicar que este período interglacial está a punto de terminar, y muchos científicos sostienen que, en un lapso que puede variar entre unos cuantos años y mil años a partir de hoy, la Tierra habrá entrado en una nueva glaciación de 100,000 años; para iniciar el proceso sólo se requerirá un verano de sol muy débil, incapaz de deshelar los glaciares del hemisferio Norte. Y pese a los indicios de una inminente desglaciación catastrófica causada por el llamado “efecto de invernadero”, recalentamiento del planeta causado a su vez por el exceso de emisiones industriales, la opinión predominante parece ser que en el mejor de los casos (o tal vez debiéramos decir en el peor), este factor sólo retardaría el proceso.
Como sea, en este punto debe ser obvio que, al entrelazarse e influirse mutuamente, los tres grandes ciclos orbitales ejercen un efecto decisivo sobre la vida en la Tierra, efecto que algunas veces puede ser benéfico y otras devastador. En ocasiones, por ejemplo, el final de uno de ellos coincidirá con el de otro, lo que lo hará particularmente severo. Naturalmente, el escenario es aun más complicado, pues incluye el efecto de otros ciclos menores, como las llamadas “pequeñas glaciaciones”, o períodos de inviernos muy rigurosos que sobrevienen cada aproximadamente 180 años y son al parecer causados por los llamados “sínodos planetarios” —el agrupamiento de todos los planetas a un lado del Sol, mientras la Tierra se encuentra al otro— los cuales ocurren cada aproximadamente igual número de años; o como los ciclos de gran actividad solar, que se producen cada 11 y cada 80 años principalmente y parecen influir marcadamente en las sequías, la actividad volcánica y los cambios en el magnetismo terrestre (el ciclo de 11 años ha sido posteriormente precisado en 11 años y 29 días); o, en fin, como los ciclos solares máximos y mínimos de 500 años cada uno, mencionados en algunas obras recientes, que habrían influido por turno en la aparición de las grandes civilizaciones históricas.
Todo esto constituye, sin duda, un tema apasionante, pero cuyo estudio requeriría demasiado espacio; por lo que, de momento, me detendré aquí y volveré con más dentro de unos días.
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Saturday, April 05, 2008
Thursday, February 28, 2008
El Mito de las Cuatro Edades del Mundo y la precesión de los equinoccios
En sentido estricto, se considera que el “mito” de las Cuatro Edades del Mundo nació en Grecia hacia el siglo VIII a.C., en los días en que el país había quedado sumido en la desolación tras la invasión de los dorios. Se dice que por entonces el poeta Hesíodo, probablemente influenciado por oscuras leyendas sobre pasados cataclismos y sobre los tiempos más felices que los precedieron, se consagró a componer, en la soledad del campo, Los trabajos y los días, el más enigmático de los dos célebres poemas que se le atribuyen —el otro es su famosa Teogonía.
En el primero, refiere Hesíodo cómo, hasta su época, la humanidad había vivido cuatro edades principales: La Edad de Oro, la Edad de Plata, la Edad de Bronce y la Edad de Hierro, con una edad adicional, la de los Héroes, al parecer insertada entre las de Bronce y Hierro únicamente para acomodar a los grandes héroes de la Ilíada.
Dentro de la misma tradición, pero muchos siglos más tarde, el poeta latino Ovidio (43 a.C. – 18 d.C.), en su Metamorfosis, menciona adicionalmente el diluvio que sobrevino al final de la Edad de Hierro y del que se salvan Deucalión y Pirra, quienes dan inicio a una nueva humanidad.
Hasta aquí la versión clásica. En un sentido más amplio, sin embargo, la tradición tendría un origen más remoto, posiblemente oriental: según los entendidos, se habría desarrollado a partir de la nostalgia de los pueblos primitivos por el retorno a la vida natural, nostalgia que sumada a consideraciones sobre la recurrencia y regularidad de las catástrofes que azotan al mundo, así como a especulaciones inspiradas en ciclos cuaternarios tales como las cuatro estaciones del año, las cuatro fases de la Luna, las cuatro etapas en la vida del hombre, y así sucesivamente, habría finalmente cristalizado en el “mito” de las Cuatro Edades del Mundo recogido por Hesíodo. En cuanto al lugar de origen en sí, algunos se inclinan por la India, dada la identidad manifiesta entre las cuatro edades de la tradición griega y el ciclo descendente de cuatro yugas de la tradición indostana. En conexión con esto, sin embargo, quedaría por resolver si ése es también el origen de todos los otros mitos en que la noción de cuatro edades es igualmente prominente, como ocurre en las tradiciones maya e incaica y en muchas otras; e incluso de todos los demás “mitos de retorno” en los que —independientemente del número de edades— sobresale la creencia universal y antiquísima en la “caída” del hombre, tradición ésta que evoca el descenso y alienación del hombre desde una situación paradisíaca, dorada, hasta una etapa de total degradación de la humanidad —habitualmente terminada en un diluvio catastrófico— cuya versión más conocida y representativa puede leerse en las primeras páginas de la Biblia, desde la “caída” de Adán y Eva y su expulsión del Paraíso hasta los acontecimientos que condujeron al Diluvio.
Pero volvamos al problema de las edades y a nuestro siguiente paso lógico, es decir, determinar sus duraciones. En el Timeo, Platón afirma que los siete planetas, transcurrido el lapso en que equilibran sus velocidades respectivas, regresan al punto de partida. Esta revolución constituye el “año perfecto” y, dada la importancia que le atribuyen distintas tradiciones, ha de influir de algún modo en la duración total de un ciclo de cuatro edades. Cicerón, por su parte, aunque admite la dificultad de calcular este vasto período celeste, le asigna una duración de 12,954 años comunes, si bien la cifra precisa sería 12,960 años (180 x 72), como parecen indicarlo ciertos datos concordantes. Y en efecto, este último período, también llamado “gran año” tanto por griegos como por persas, es la mitad exacta del gran ciclo astronómico conocido como precesión de los equinoccios, o Año Zodiacal, cuya duración ha sido calculada tradicionalmente en 25,920 años comunes (360 x 72) y es, como se sabe, aquel en que la proyección del eje polar de la Tierra, respondiendo a los movimientos de rotación y de oscilación o “bamboleo” del planeta a lo largo de su órbita, describe una circunferencia completa a razón de un grado cada 72 años y regresa al punto exacto de partida en relación con las constelaciones del Zodíaco, con lo que el punto equinoccial vernal, uno de los dos momentos del año en que la noche dura igual que el día, vuelve a ser el mismo que al comienzo del período. Otra consecuencia del lento movimiento circular de la proyección del eje terrestre es que ésta apuntará sucesivamente a una diferente estrella polar en el curso de esos 25,920 years.
Aunque se ha dicho que este período fue descubierto por el astrónomo griego Hiparco en 139 a.C., algunos autores creen que los primeros en calcular su duración en 25,920 años comunes fueron los antiguos egipcios, quienes habrían llegado a esta cifra haciendo coincidir el equinoccio con el mismo signo zodiacal durante 2,160 años; y otros aún que los primeros en conocerlo fueron los antiguos brahmanes de la India, cuyo conocimiento habría pasado a Irán y Sumeria y luego a Egipto, donde lo recogió el griego Hiparco. Como sea, según la tradición hermética, los egipcios buscaban establecer la duración del Año Divino, el cual quedó fijado en aproximadamente 168 años zodiacales (o “días creadores”, como los llamaban ellos). Esto en sí es en extremo sugestivo, ya que 168 multiplicado por 25,920 da 4'354,560 años comunes, prácticamente la duración del ciclo hindú de cuatro yugas (4'320,000 años comunes), con una diferencia de "apenas" 34,560 años; sin embargo, como la consideración de tan notable coincidencia nos llevaría demasiado lejos, por el momento me detendré aquí. Los veré pronto con más.
En el primero, refiere Hesíodo cómo, hasta su época, la humanidad había vivido cuatro edades principales: La Edad de Oro, la Edad de Plata, la Edad de Bronce y la Edad de Hierro, con una edad adicional, la de los Héroes, al parecer insertada entre las de Bronce y Hierro únicamente para acomodar a los grandes héroes de la Ilíada.
Dentro de la misma tradición, pero muchos siglos más tarde, el poeta latino Ovidio (43 a.C. – 18 d.C.), en su Metamorfosis, menciona adicionalmente el diluvio que sobrevino al final de la Edad de Hierro y del que se salvan Deucalión y Pirra, quienes dan inicio a una nueva humanidad.
Hasta aquí la versión clásica. En un sentido más amplio, sin embargo, la tradición tendría un origen más remoto, posiblemente oriental: según los entendidos, se habría desarrollado a partir de la nostalgia de los pueblos primitivos por el retorno a la vida natural, nostalgia que sumada a consideraciones sobre la recurrencia y regularidad de las catástrofes que azotan al mundo, así como a especulaciones inspiradas en ciclos cuaternarios tales como las cuatro estaciones del año, las cuatro fases de la Luna, las cuatro etapas en la vida del hombre, y así sucesivamente, habría finalmente cristalizado en el “mito” de las Cuatro Edades del Mundo recogido por Hesíodo. En cuanto al lugar de origen en sí, algunos se inclinan por la India, dada la identidad manifiesta entre las cuatro edades de la tradición griega y el ciclo descendente de cuatro yugas de la tradición indostana. En conexión con esto, sin embargo, quedaría por resolver si ése es también el origen de todos los otros mitos en que la noción de cuatro edades es igualmente prominente, como ocurre en las tradiciones maya e incaica y en muchas otras; e incluso de todos los demás “mitos de retorno” en los que —independientemente del número de edades— sobresale la creencia universal y antiquísima en la “caída” del hombre, tradición ésta que evoca el descenso y alienación del hombre desde una situación paradisíaca, dorada, hasta una etapa de total degradación de la humanidad —habitualmente terminada en un diluvio catastrófico— cuya versión más conocida y representativa puede leerse en las primeras páginas de la Biblia, desde la “caída” de Adán y Eva y su expulsión del Paraíso hasta los acontecimientos que condujeron al Diluvio.
Pero volvamos al problema de las edades y a nuestro siguiente paso lógico, es decir, determinar sus duraciones. En el Timeo, Platón afirma que los siete planetas, transcurrido el lapso en que equilibran sus velocidades respectivas, regresan al punto de partida. Esta revolución constituye el “año perfecto” y, dada la importancia que le atribuyen distintas tradiciones, ha de influir de algún modo en la duración total de un ciclo de cuatro edades. Cicerón, por su parte, aunque admite la dificultad de calcular este vasto período celeste, le asigna una duración de 12,954 años comunes, si bien la cifra precisa sería 12,960 años (180 x 72), como parecen indicarlo ciertos datos concordantes. Y en efecto, este último período, también llamado “gran año” tanto por griegos como por persas, es la mitad exacta del gran ciclo astronómico conocido como precesión de los equinoccios, o Año Zodiacal, cuya duración ha sido calculada tradicionalmente en 25,920 años comunes (360 x 72) y es, como se sabe, aquel en que la proyección del eje polar de la Tierra, respondiendo a los movimientos de rotación y de oscilación o “bamboleo” del planeta a lo largo de su órbita, describe una circunferencia completa a razón de un grado cada 72 años y regresa al punto exacto de partida en relación con las constelaciones del Zodíaco, con lo que el punto equinoccial vernal, uno de los dos momentos del año en que la noche dura igual que el día, vuelve a ser el mismo que al comienzo del período. Otra consecuencia del lento movimiento circular de la proyección del eje terrestre es que ésta apuntará sucesivamente a una diferente estrella polar en el curso de esos 25,920 years.
Aunque se ha dicho que este período fue descubierto por el astrónomo griego Hiparco en 139 a.C., algunos autores creen que los primeros en calcular su duración en 25,920 años comunes fueron los antiguos egipcios, quienes habrían llegado a esta cifra haciendo coincidir el equinoccio con el mismo signo zodiacal durante 2,160 años; y otros aún que los primeros en conocerlo fueron los antiguos brahmanes de la India, cuyo conocimiento habría pasado a Irán y Sumeria y luego a Egipto, donde lo recogió el griego Hiparco. Como sea, según la tradición hermética, los egipcios buscaban establecer la duración del Año Divino, el cual quedó fijado en aproximadamente 168 años zodiacales (o “días creadores”, como los llamaban ellos). Esto en sí es en extremo sugestivo, ya que 168 multiplicado por 25,920 da 4'354,560 años comunes, prácticamente la duración del ciclo hindú de cuatro yugas (4'320,000 años comunes), con una diferencia de "apenas" 34,560 años; sin embargo, como la consideración de tan notable coincidencia nos llevaría demasiado lejos, por el momento me detendré aquí. Los veré pronto con más.
Wednesday, February 20, 2008
La Rueda del Tiempo
Una indagación sobre el secreto del tiempo
Entre los grandes misterios del universo, pocos han ejercido tan extraña fascinación sobre la mente del hombre como el del tiempo. Y es que el tiempo no es un enigma cualquiera: insondable en su esencia más profunda, el tiempo es, por derecho propio, un misterio de misterios.
A través de los siglos, el misterio se ha mantenido y ha cautivado a grandes pensadores del mundo: Salomón, Pitágoras, Platón, San Agustín, Newton y Descartes se sintieron, cada cual en sus respectivas épocas, irresistiblemente atraídos por él. Y ya en nuestros días ha quitado el sueño a grandes científicos como Einstein y como su “sucesor”, Stephen Hawkin.
Pero ya aquí se nos deparan sorpresas. En efecto, parece ser que no fue Einstein el primero, ni el único, en descubrir que el tiempo es relativo al espacio: ya los antiguos hindúes lo sabían, como lo testimonian algunos de sus textos más sagrados, en especial los Puranas (un punto que ampliaré más adelante). En cuanto a Hawkin, no hace mucho se preguntabe si el tiempo transcurre en forma meramente lineal, tal como lo ha postulado siempre la física clásica, o si lo hace en forma más bien circular, cíclica — como lo han concebido desde siempre las doctrinas orientales tradicionales.
Haríamos bien, entonces, en revisar dos de nuestras nociones más arraigadas: a saber, que ha sido sólo en los dos últimos siglos que se han hecho los más grandes descubrimientos científicos... y que los antiguos no tenían ni el más mínimo conocimiento científico del mundo.
Un tercer ejemplo nos ayudará a reforzar este punto. Desde hace algún tiempo, la ciencia ha venido calculando, sobre la base de mediciones radiactivas, la edad de la Tierra en unos 4,500 millones de años desde su formación en el sistema solar. Más recientemente se ha dicho que el análisis de piedras traídas de la Luna da una cifra aun más precisa, y al parecer definitiva: 4,310 millones de años, pero este es un dato que lamentablemente no he podido verificar, aunque desde luego se ajusta perfectamente al anterior. Pues bien, esta cantidad es casi idéntica a la de 4,320 millones de años que, según los Puranas y ciertos tratados astronómicos hindúes, constituye la duración de lo que los hindúes llaman un “Día de Brahma” (o kalpa) dentro del inmenso ciclo de manifestación universal.
Naturalmente, se puede aducir que los hindúes llegaron a esta cifra por mera casualidad o que simplemente la inventaron, como asimismo inventaron todo lo que se refiere a las edades y ciclos cósmicos. Para refutar tales objeciones habría, entonces, que averiguar primero si el conjunto de estas nociones está respaldado por otras escrituras del mundo — es decir, si hay acuerdo entre las escrituras hindúes y los otros libros sagrados del mundo acerca de estos temas — y luego, como prueba accesoria, establecer si son confiables las demás informaciones que dichas escrituras contienen; todo ello con el objeto de otorgarles, al menos en una etapa preliminar, cierta respetabilidad frente a la opinión de los incrédulos más recalcitrantes, aquellos que literalmente se burlan de estas teorías.
Ésta es una tarea que, Dios mediante, quedará para mi próxima entrega.
Entre los grandes misterios del universo, pocos han ejercido tan extraña fascinación sobre la mente del hombre como el del tiempo. Y es que el tiempo no es un enigma cualquiera: insondable en su esencia más profunda, el tiempo es, por derecho propio, un misterio de misterios.
A través de los siglos, el misterio se ha mantenido y ha cautivado a grandes pensadores del mundo: Salomón, Pitágoras, Platón, San Agustín, Newton y Descartes se sintieron, cada cual en sus respectivas épocas, irresistiblemente atraídos por él. Y ya en nuestros días ha quitado el sueño a grandes científicos como Einstein y como su “sucesor”, Stephen Hawkin.
Pero ya aquí se nos deparan sorpresas. En efecto, parece ser que no fue Einstein el primero, ni el único, en descubrir que el tiempo es relativo al espacio: ya los antiguos hindúes lo sabían, como lo testimonian algunos de sus textos más sagrados, en especial los Puranas (un punto que ampliaré más adelante). En cuanto a Hawkin, no hace mucho se preguntabe si el tiempo transcurre en forma meramente lineal, tal como lo ha postulado siempre la física clásica, o si lo hace en forma más bien circular, cíclica — como lo han concebido desde siempre las doctrinas orientales tradicionales.
Haríamos bien, entonces, en revisar dos de nuestras nociones más arraigadas: a saber, que ha sido sólo en los dos últimos siglos que se han hecho los más grandes descubrimientos científicos... y que los antiguos no tenían ni el más mínimo conocimiento científico del mundo.
Un tercer ejemplo nos ayudará a reforzar este punto. Desde hace algún tiempo, la ciencia ha venido calculando, sobre la base de mediciones radiactivas, la edad de la Tierra en unos 4,500 millones de años desde su formación en el sistema solar. Más recientemente se ha dicho que el análisis de piedras traídas de la Luna da una cifra aun más precisa, y al parecer definitiva: 4,310 millones de años, pero este es un dato que lamentablemente no he podido verificar, aunque desde luego se ajusta perfectamente al anterior. Pues bien, esta cantidad es casi idéntica a la de 4,320 millones de años que, según los Puranas y ciertos tratados astronómicos hindúes, constituye la duración de lo que los hindúes llaman un “Día de Brahma” (o kalpa) dentro del inmenso ciclo de manifestación universal.
Naturalmente, se puede aducir que los hindúes llegaron a esta cifra por mera casualidad o que simplemente la inventaron, como asimismo inventaron todo lo que se refiere a las edades y ciclos cósmicos. Para refutar tales objeciones habría, entonces, que averiguar primero si el conjunto de estas nociones está respaldado por otras escrituras del mundo — es decir, si hay acuerdo entre las escrituras hindúes y los otros libros sagrados del mundo acerca de estos temas — y luego, como prueba accesoria, establecer si son confiables las demás informaciones que dichas escrituras contienen; todo ello con el objeto de otorgarles, al menos en una etapa preliminar, cierta respetabilidad frente a la opinión de los incrédulos más recalcitrantes, aquellos que literalmente se burlan de estas teorías.
Ésta es una tarea que, Dios mediante, quedará para mi próxima entrega.
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